lunes, 18 de agosto de 2014

Mis confesiones sobre la depresión, Robin Williams y Candy Candy

Como el tema de la depresión se puso tan de moda a raíz del suicidio de Robin Williams, llegó el momento de sincerarme. Así, en redes sociales como hace todo mundo hoy en día. Solo que voy a hacerlo en forma anónima para mantener un poco el recato.  Este texto lo compartí originalmente en Facebook solo para mis contactos, pero pensé que valdría la pena ponerlo aquí para que otros también pudieran leerlo, si es que resultaba de interés.

Bueno, el asunto es que yo fui un niño deprimido. Sí, al estilo de Candy Candy, Remi y sus contemporáneos. No incluyo a Heidi porque la verdad es que ella paseó mucho, no le fue tan mal y hasta tomaba leche de cabra. Tampoco incluyo a Marco, porque siempre lo odié y los que me conocen mejor saben por qué. La verdad es que fui un niño deprimido. La depresión me acompañó gran parte de mi adolescencia (tal vez toda, pero tampoco voy a ser tan ingrato), y también una parte de mi vida joven-adulta. Me había acostumbrado tanto a estar deprimido que ya era parte de mi normalidad. Los patrones que se traen desde niño son así de difíciles de romper.

La depresión no es sinónimo de tristeza. Para los que no han pasado por esto, se vuelve algo difícil de comprender. Me da risa cuando alguien dice "¡ya me deprimí!" como si la cosa fuera una gripe. Porque no lo es.

Bueno, ¿y qué es la depresión? Cuando era niño, salía a los recreos en la escuela y caminaba alrededor de los pasillos y contaba las vueltas que daba hasta que tocaban la campana para regresar al aula. Me sentaba en la sala de mi casa por horas para ver por la ventana unos árboles muy bonitos que estaban a lo lejos. Cuando era de noche, extrañaba a la gente que no podía tener cerca y los extrañaba y los extrañaba y los extrañaba. Los adultos decían que yo era un niño muy maduro para mi edad porque me sentaba en la mesa con ellos a verlos hablar y me reía cuando ellos se reían y me callaba cuando ellos hablaban. En la escuela, también compartía con mis compañeros; me reía cuando ellos se reían y callaba cuando ellos hablaban. A menos que me diera un berrinche, porque esos eran de dimensiones épicas. Cuando estaba contenido, yo era como un espejo para los demás y a mí me daba lo mismo.

También me acuerdo que me costaba levantarme, no comía, lloraba a solas, a diario. Y leía y leía y leía y leía. Leer no tenía nada de malo, al contrario, me llevaba a lugares donde me podía escapar, en medio de esos cuentos maravillosos que siempre terminaban bien; y ya en la adolescencia, leía cómics y veía a estos personajes perseverantes que creían que las cosas podían estar mejor y nunca se daban por vencidos. Mientras tanto, en la vida real, la gente pasaba y yo la veía como a través de un cristal. Sin poderme acercar y sin querer hacerlo, tampoco. Yo era un gran espectador.

Todavía de niño y cuando ya empecé a acercarme a la adolescencia, me di cuenta que me había convertido en un bicho raro. En ese momento sí que me detuve frente al espejo y no me gustó lo que vi. Entonces opté por el camino lógico, me iba a convertir en otra persona. Me puse a estudiar a un compañero del colegio, a ver sus movimientos, su forma de hablar, su comportamiento e hice lo imposible por convertirme en él. Por supuesto, el pequeño stalker en mí no llegó muy lejos en este proyecto porque no resulté ser tan buen imitador como pensaba, pero sí tuve un pequeño logro: pasé de ser un muchacho deprimido disfuncional, a ser ser un muchacho deprimido funcional.
El mundo se convirtió en un gran escenario y yo estaba interpretando mi mejor papel. Sí, hice muchos amigos. Pero al final del día, lo que hice fue convertirlos a ellos en personajes de esta pequeña obra que les estaba interpretando. Mis relaciones de la adolescencia no fueron fuertes, no por culpa de ellos tengo que aclarar, sino por la forma en que yo las construí. Por supuesto, hubo algunas excepciones, pero creo que ni yo mismo las tengo tan claras. Mis relaciones con ellos eran también de cuento, estaban más basadas en mi imaginación que en la realidad. Mi imaginación no era un mal lugar después de todo. En fin, no es ninguna sorpresa que del todo no conserve amigos de mi infancia y no muchos de mi adolescencia. De hecho, los amigos que me quedan de esa época son gente que vine a conocer realmente después.

Ya de joven adulto me tocó reprogramarme por completo para poder salir de ese estado que, curiosamente, era el único que conocía, pero estaba claro que no me encantaba. Quería y necesitaba cambiar el canal. O más bien, botar el tele y comprar uno nuevo. Fueron años de trabajo con el proyecto que más me ha costado en la vida, pero no me quejo porque al final quedé satisfecho con el resultado. Ya no hay depresión y aunque ha apuntado a querer volver en uno que otro momento, la he mantenido a raya. Digamos que la reconozco y la veo venir, con su cara amarga y sus tentáculos llenos de tinta que se quieren filtrar en cada uno de mis rincones. A veces le doy una probadita, como quien dice, "por los viejos tiempos", pero después la mando de vuelta por donde vino.

Esta experiencia de tantos años me ha dado una perspectiva particular frente a la demás gente. Me resulta relativamente fácil reconocer a una persona que está deprimida o que está en vías de caer en una depresión. Frente a esta situación, digamos que he desarrollado tres maneras de enfrentar el problema.

La primera es la opción heróica, en la que me acerco a esa persona, la escucho, le permito que se desahogue, no la juzgo y le doy mi apoyo. Por mucho tiempo siempre opté por esta primera opción, pero esto es algo agotador y le puede robar a uno la paz cuando uno está salvando a veinte personas a la vez, de veras. Por esta razón es que con el tiempo digamos que desarrollé las otras dos opciones para enfrentar situaciones de este tipo.

Así llegamos a mi segunda opción de abordaje, que es simplemente hacerme el loco y no prestar atención, no responder a las indirectas, ni permitirme caer ante la tentación de querer salvar al mundo. Sí, ya me había dado cuenta que no era Superman y que no iba a poder con todo.

En caso extremo también llegué a adoptar un tercer camino, el cual es cerrar la puerta por completo ante esta persona que necesita ayuda pero que del todo no quiero ayudar.

Dicen que soy muy tajante y es cierto. Como no soy católico, no conozco la culpa, pero digamos que para fines de este pequeño ensayo, voy a tratar de explicar mis razones: Una persona que está deprimida no es necesariamente mejor persona que otra por el solo hecho de estar sufriendo de este mal. Una persona deprimida también puede ser cruel, insensible al dolor ajeno y, por su misma condición, pueden convertirse fácilmente en un vampiro emocional. Entiéndase que detesto a los vampiros emocionales. A estos les cierro la puerta con candado, y si no entienden por las buenas, los mando a conversar con la señorita Rottermayer.

A mi entender, apoyar a alguien por lástima no les hace ningún bien. Es mejor que lo haga alguien que realmente los quiera. O sino, déjenle el trabajo a los profesionales: psicólogos y psiquiatras. Hay personas deprimidas que están tan acostumbrada a provocar lástima, que se nutren de ella y no se esfuerzan por salir adelante, lo cual los termina consumiendo aún más en su depresión. Porque dejémoslo claro, para salir de una depresión no solo hay que contar con el apoyo de quien se tiene alrededor, sino que también hay que querer salir adelante y hay que esforzarse. No es como una gripe, que se va sola. No. Hay que hacer un esfuerzo. Un esfuerzo enorme. Y nadie lo puede hacer por uno.

Entre las cosas que he leído estos días, vi un artículo que decía que un simple gesto podía salvar a una persona de llegar al extremo de quitarse la vida. No estoy tan seguro que esto sea tan cierto. Se requiere mucho más que una sonrisa y un gesto amable para que una persona que va por ese camino de desesperación sienta que en su vida hay luz y que puede seguir adelante. Para que una persona rompa con una depresión necesita mucho apoyo (no solo una sonrisa), idealmente también necesita ayuda profesional y definitivamente debe querer salir de ese lugar. Una sonrisa es como una limosna para una persona que vive en la calle: no hace ni cosquillas porque no le va a cambiar la vida.

Para realmente ayudar a una persona en depresión hay que involucrarse en su vida, hay que querer a esa persona, y también hay que quererse a sí mismo para no llevarse a un punto de desgaste en que no le va a servir ni a la otra persona ni a sí misma. Al menos esa es mi impresión. Y bueno, voy a seguir enfatizando en la ayuda profesional. Si a uno le duele un diente va al dentista. Si le duele el corazón (no el músculo, claro está), ¿a dónde cree que debería ir?

En fin, no pensé que esto llegara a ser tan largo. Tenía el temita dando vueltas desde hace días y necesitaba dejarlo por escrito en algún lugar. Si alguien llegó hasta aquí, excelente, espero que le haya sido de provecho. Y sino, pues gracias igual por acompañarme en este recorrido de Candideces y Heidadas. Bye.

martes, 25 de febrero de 2014

La Bella Durmiente: Hermosa, maravillosa voz y cero inteligencia.


Las tres hadas madrinas llegaron y le dieron tres regalos mágicos a la recién nacida:

1. Belleza
2. Una preciosa voz.
3. Y, después que Maléfica llegó y le puso un poco de sal y pimienta a esa fiesta aburridísima con un simpático maleficio para Aurora, fue entonces que la tercera hada usó su regalo mágico para cambiar un poco la maldición, para que dicha princesa cayera dormida en vez de muerta, una vez que se punzara el dedo con un uso.

Lo más terrible de esta historia es que a ninguna de las hadas se le ocurrió regalarle INTELIGENCIA a la pobre criatura.  Ciertamente le hubiera sido útil.  Pero no. Mientras Aurora fuera bonita y supiera cantar, ¿para qué iba a necesitar otra virtud?

Si uno es un poco más optimista, podría pensar que el tercer regalo iba a ser precisamente ese, pero que debido a la emergencia, el hada tuvo que ingeniárselas para contrarrestar de alguna manera la maldición.  Pero lo cierto es que nadie extrañó que la inteligencia no viniera en ninguno de los paquetes.  ¿Para qué la iba a necesitar si de todas formas ya era una linda princesita?

Aurora, definitivamente no demostró ser muy inteligente cuando decidió casarse con un muchacho que apenas conoció en el bosque, con el que compartió una canción y probablemente algo más.  No nos hagamos los tontos, ya con Aurora hay suficiente; el príncipe y nuestra princesa incógnita se encontraron en medio del bosque mientras ella alucinaba con las voces de animales que bailaban y jugaban con ella.  A mí se me hace que hay una parte de la historia que Disney no nos contó.  Imagínense la escena:  dos jóvenes adolescentes en medio del bosque se gustan y están totalmente solos...  En fin, después de un amorío torrencial y probablemente un rápido calambre que no duró más de cinco minutos, Aurora y Felipe decidieron casarse.  Bueno, para ser justos, no lo decidieron en el sentido de que lo conversaron y llegaron a un acuerdo, no, cada uno por su lado quedó con esa gran determinación en mente.  Al menos algo tenían en común:  el tomar decisiones rápidas, impulsivas y muy poco pensadas.  Dichosamente (o por simple ironía del destino), Aurora, desde su nacimiento ya estaba comprometida con ese muchacho así que digamos que ese amor estaba predestinado.  Corazoncitos, corazoncitos.  No importaba que no supieran nada el uno del otro, que no conocieran sus gustos e intereses.  Para el caso, Aurora era bonita y sabía cantar, ¿qué más le podía pedir Felipe a la vida?  Dicen las malas lenguas que ese mismo príncipe se había comprometido con Blanca Nieves, pero esa ya es otra historia.

Una vez que Aurora cayó presa del maleficio, las tres hadas decidieron que la mejor solución era poner a dormir a todo el castillo y a todo el pueblo también. Porque, por supuesto, la vida no podía continuar si la princesa estaba en coma. No, nadie podía vivir sin la princesa que nunca habían conocido.  Así de poco importantes eran las personas de ese pobre pueblo, cuya única dicha eran las alegrías de su monarquía que vivía felizmente en su palacio,  mientras ellos eran simplemente los "plebeyos".  Sí, así es como se refieren a ellos en la película, eso no lo estoy inventando yo.

Todos sabemos cómo termina la historia. Maléfica se muere atravesada por una cruel espada, (esa es definitivamente la parte más triste de la historia, casi lloro), Aurora se casa con el príncipe, y toda una generación de niñas (y algunos niños), crecimos estupidizados con ideas sobrevaloradas en cuanto a la belleza y la voz.  Espero que en algún lugar se haya levantado alguna niña y haya dicho que no quiere ser una princesa estúpida, que ella quiere ser inteligente.

En fin, esta historia es una triste, muy triste historia, de cómo una muchacha es muy bonita y todo el mundo gira alrededor de ella.  De un amor predestinado y un uso neuronal bastante pobre.  La historia tuvo un final feliz porque Disney supo donde cortarla.  Por supuesto, en la boda.  Los días que prosiguieron fueron menos emocionantes.  El canto interminable de Aurora, día tras día, semana tras semana, terminó por aburrir al Príncipe Felipe, que cada vez pasaba más tiempo fuera del palacio.  Cada noche, Aurora le contaba a su esposo las largas conversaciones que había tenido con los pajaritos y como no entendía nada de los asuntos de palacio.  Risa.  Risa.  LOL.  Ella reía y pestañeaba mientras él, que sí había tenido una educación adecuada, la observaba y se preguntaba qué estaba haciendo con una mujer tan tonta.  Los bebés no tardaron en llegar.  Hubo fiestas para presentarlos en sociedad, pero en esas ocasiones no hubo una Maléfica que les pudiera dar alguna emoción en la vida.

Fin.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Un secreto de esos terriblillos


Supongo que esta es la parte más interesantes de leer en los diarios.  Esos secretos que uno no le cuenta a nadie pero que están ahí, en la cabeza de quien los guarda, deseando contarlos pero sin decir nada.  Ustedes saben, si uno cuenta un secreto, pues deja de ser un secreto…  En cambio, contárselo a todos, con verdades a medias y con identidades ocultas, pues es liberador y el secreto sigue siendo secreto…

No es difícil darse cuenta que soy una persona muy controlada y así mismo tiendo a querer controlar hasta mis impulsos.  Eso es bueno y malo a la vez.  Mi espontaneidad es controlada también, a pesar que definitivamente no soy una persona tímida y socializo bastante bien, pero eso no quiere decir que siempre diga lo que quiero decir, y mucho menos, que haga lo que quisiera hacer.  Pero bueno, me salgo del tema.

Anoche tuve un sueño.  Sí, sí, ya sé, todos tenemos sueños y a uno no lo pueden culpar por los deseos que se asoman por ahí con formas misteriosas .  Pero bueno, para que vean lo controlador que soy, para mí esto si es relevante.  Y por qué no, también resulta ser bastante placentero.

Hay un muchacho, un compañero de trabajo que desde hace tiempo anda por aquí, y desde que entró me ha parecido encantador.  Mi pareja, Jorge, que adoro por sobre todas las cosas, lo sabe.  Nunca me ha hecho un cuadro de celos ni mucho menos, y digamos que yo le conté porque así somos nosotros, nos contamos todo.  Claro, esto no quiere decir que vaya a hacer algo al respecto.  Y aunque todo lo comparto con Jorge, el sueño de anoche me lo voy a quedar privado, porque este muchacho, llamémosle "Sebastián", jugaba un papel bastante estelar en esta pequeña historia imaginaria.  Sebastián tiene exactamente todo lo que me gusta en un hombre.  Es atractivo, es optimista, tiene esta visión tan bonita de la vida y por lo general anda de muy buen humor.  No me crucifiquen, pero a mí no me gustan los chicos malos.  

La cosa es que anoche soñé que estaba en un pueblo del que no se podía salir, todos estábamos atrapados y esto parece ser un sueño algo recurrente, pero claro, me estoy leyendo "La Cúpula" de Stephen King, así que no es de extrañarse que esta novela se filtre un poco en mis fantasías.  En mi sueño, estaba en una cabaña, mi mamá también estaba ahí y habíamos tenido una discusión muy fuerte (tampoco es de extrañarse), y por alguna razón ella se había ido y Sebastián estaba ahí.  Conversábamos y vacilábamos igual que en el trabajo, pero había una gran diferencia, estábamos solos.  Eso que de pronto la conversación se convirtió en pequeños empujones y de a poco terminaron en un beso.  Él se apartó con risa nerviosa, mientras yo me acercaba con una intensión mucho más sexual.  Él estaba ahí, algo temeroso por lo que estaba sucediendo entre nosotros, pero no se alejaba…  En eso me desperté, mientras estaba dormido puse una mano en uno de mis gatos que se levantó de golpe y me hizo levantarme de golpe a mí también.  El resultado fue dos ojos bien abiertos y un latigazo en el cuello.  Bienvenido a la realidad, acababa de tener un sueño…  Carita triste…  

Me volví a dormir y, ¡sorpresa!, seguí soñando con lo mismo.  Ahora, en el sueño, Sebastián estaba acompañado de alguien más, creo que iba a ir de paseo o algo, a mí me habían hecho una cirugía en la cabeza y tenía una gran rajada en la frente de lado a lado que no me parecía muy bonita, pero bueno, Sebastián y yo conversábamos…  Deliciosa conversación...  Uuuuuuhhhh, esa tensión…


Cuando me desperté, ahora sí de forma natural, o ni tanto porque el despertador es lo más lejano a un dulce despertar, obviamente no me quería levantar.  Después, en el trabajo, no pude evitar ver a Sebastián, al Sebastián de carne y hueso, y sonreírme para adentro y para afuera…  como quien tiene un secreto y no lo quiere compartir pero no puede evitar llevarlo a flor de piel.  Sí, sí, yo sé que es muy tonto, y que difícilmente esto se va a convertir en algo más.  Jamás le haría algo así a Jorge, pero aún así, veo a Sebastián y se me sale una sonrisa.  Es más, lo tengo al frente y yo sigo con cara de tonto...  Si solo supiera...

jueves, 5 de diciembre de 2013

¿Quién es mi princesa favorita? ¡Peeta Mellark!


Y lo digo en serio.  Peeta es guapo, sabe cocinar, sabe pintar, es encantador en público y necesita que lo salven cada cinco minutos.

Peeta Mellark es la princesa perfecta y no hay quien me saque la idea de la cabeza.

También es mi personaje favorito de The Hunger Games :)

miércoles, 4 de diciembre de 2013

La Esponja Superabsorbente


Veo a una psicóloga para aprender a manejar el estrés y que el estrés no me maneje a mí.  Eso es algo que a uno no le enseñan en al escuela y mucho menos en la vida.  Porque se supone que uno tiene que ser una esponja superabsorbente que atiende todos los males y todo lo soluciona.  Eso es lo que aprendí en el trabajo.  Obviamente, no soy ni esponja ni superabsorbente.  A veces simplemente soy una persona.  Ahhhhhhhhh sí, una persona.  Y una persona no puede (o al menos no debe) hacer más de lo que puede hacer una persona.  Una persona no es dos personas.  Es matemática simple.  Pero cuando alguien quiere multiplicarse, la persona se quiebra y eso trae consigo una que otra consecuencia.  Desde el simple mal humor, hasta fantasías como ver a la gente rodando por las escaleras o de cabeza en un enorme balde de agua helada.  No, Ally McBeal no estaba sola.

Este par de días han sido particularmente incómodos.  Desde todo el enredo de Chuck, que conté hace un par de posts; hasta  berrinches laborales donde la gente no sabe qué es lo que quiere y nunca está satisfecha con lo que recibe y, aún así, todo urge.  Si fuera un programa de televisión sería muy divertido.  Pero créanme, nadie quiere vivir en The Office.  Es chistoso cuando uno lo ve a través del cristal, pero ahí termina todo.

Luego de las carreras y las ridiculeces, he llegado a dos importantes conclusiones.  

Primero, razonar con un niño es muy difícil, aún cuando uno esté buscando el beneficio de este niño.  Sí, entiéndase que estoy hablando de este chico a quien llamo Chuck (por aquello de mantener el anonimato).  Para hacer el cuento corto, este chico empezó a poner indirectas en el Facebook, le llamé la atención, me hizo un berrinche y terminó bloqueándome a mí, a Jorge, a Kay y a Kike.  Uhhhhhh, qué miedo.  Este berrinche va a terminar en lo que precisamente no quería, que es que la demás gente empezara a preguntar.  Ya no va a ser posible mantener esta situación en privado y todo mundo va a opinar.  Mis amigos ya me conocen y saben lo tajante que soy, pero la sombra de inmaduro que se va a echar Chuck encima no se la va a poder quitar nunca.  Digamos que Don, su "amante" temporal va a saltar como una  liebre.  Él es alérgico al drama.  En fin.  Traté de manejarlo lo mejor que pude y no salió.  A su favor está que a nadie le gusta que lo manden a "freír churros" como él mismo me dijo, pero esperé que saliera con su dignidad intacta, pero eso no pasó.

Mi segunda gran conclusión es que la palabra "sorteamos" es una palabra fea.  Sí, así me lo dijo una compañera de trabajo cuando estábamos revisando juntos unos textos.  ¿Recuerdan que dije que quería meter a alguien en un balde de agua helada?  Bueno, ahí está la víctima.  Esta chica tiene un cierto encanto, pero precisamente hace un rato me di cuenta que le gusta jugar el papel de niñita desamparada, y por la situación actual con Chuck, pues obviamente que no provocó en mí una figura muy protectora que digamos.  Tengo que admitir que hoy no soy un confite.  Pero bueno, ya ese proyecto se está cocinando.  Ahora ella me da gracias por todo.  Claro, ayer se lavó las manos conmigo.  Voy a llamar Marcia a mi compañera…  Marcia y yo llevábamos días trabajando juntos en un proyecto; a su jefa no le gustó y en media reunión, Marcia me dijo "ves, esto había que trabajarlo como yo te había dicho…"  Pestañeé mucho, porque ella estaba de acuerdo en cada paso de lo que habíamos trabajado.  Y no, no tengo amnesia.  Tampoco soy tonto, al menos no demasiado, así que tendré que tomar en cuenta la lealtad de Marcia cuando sigamos trabajando juntos.  Mientras tanto, ella sonríe y sonríe.  Supongo que de chiquita era preciosa y así lo arreglaba todo.  Yo sigo pensando en el balde de agua helada.


Lo bueno es que ya pasada toda esta oleada de situaciones, creo que estoy de bastante buen humor.  Hace una tarde hermosa y hoy salgo un poco más temprano, sí, de día.  Eso es maravilloso.  Además que estoy escuchando una canción que me encanta.  Llevo dos días escuchando la misma canción.  No me juzguen.

martes, 3 de diciembre de 2013

Lástima


Sentirse triste y culpable a la vez no es como la mejor combinación posible.

Tomar decisiones tajantes resulta muy emocionante en el momento, pero ¿y después?

Las acciones tienen consecuencias, eso lo tengo clarísimo.  Y cuando uno toma una decisión es por una razón.  No tomo mis decisiones a la ligera, pero ahora no puedo evitar este manto de tristeza.  La gente no debería ser desechable, pero uno no debería quedarse con toda la gente que se encuentra, ¿o sí?  

¿Y mantener una relación por lástima?  Eso me parece aún peor que cortarla.  Nadie se merece que le tengan lástima.  Eso es feo.  Y sentir lástima por alguien no es lo mismo que quererlo.


Sentir lástima por alguien no es lo mismo que quererlo...

Lo vimos de sorpresa y todos hicimos cara de WTF


La cosa estaba así.  Hace bastante tiempo atrás conocí a esta persona por internet que, por el afán de mantener el anonimato, voy a llamar Chuck.  Voy a hacer un pequeño paréntesis para comentar que conocer gente por internet no tiene en sí ningún problema; de hecho, la mayor parte de mis amigos los he conocido así, ya fuera a través de Facebook o de ciertas páginas que visito con regularidad.  Así que en lo que respecta a esta historia, nunca he tenido problema con hacer amistades por este medio.  Volviendo al tema de Chuck, la situación estaba así.  Él es bastante menor que yo y desde la primera vez que lo determiné me pareció interesante y, por qué no, bastante tierno.  Teníamos algunos amigos en común así que era inevitable que tarde o temprano nos conociéramos, aunque pasaron algunos años hasta que finalmente nos encontramos frente a frente.  En un principio me cayó bien, no resultó ser tan encantador como a través del monitor, pero eso tampoco me importó en ese momento.

Luego sucedió que Chuck terminó con su pareja y de alguna manera traté de ser apoyo para él.  Normalmente no soy una persona muy paciente, pero con cierta gente sí tiendo a ser bastante comprensivo y hastías paternal.  Supongo que el elemento "pobrecito" comenzó a jugar aquí un papel bastante importante.  Hagamos una nota mental de este asunto:  la lástima no es el mejor fundamento para una relación.  En medio de sus crisis emocionales, me tocó hablar con él a toda hora y mantener largas conversaciones, ya fuera por teléfono o por mensajito o por chat.  Sí, tengo que admitir que empezó a cansarme, sobre todo porque empezó a jugar un rol muy de niño y no de adulto.  Supongo que no está de más decir que Chuck le empezó a caer mal a mi pareja (llamémoslo Jorge), claro, Jorge siempre ha sido  muy discreto y no me dijo nada en el momento.  Tal vez hubiera sido mejor que lo hubiera hecho, pero bueno, ese momento ya pasó.

Con los días que siguieron, Chuck continuó con su drama, tanto enfocándose en sus amigos como con su ex (un tipo mucho mayor que él, de esos que quieren ser carismáticos pero solo lo logran con gente mucho menor), para los efectos, él es una joyita, no me encantó cuando lo conocí, y me gusta mucho menos ahora.

En fin.  Dentro de la dinámica natural de las cosas, al menos en lo que respecta a mí, lo lógico fue presentar a Chuck con el resto de mis amigos.  Entiéndase que tengo un gran grupo de amigos, con dinámicas muy divertidas y complejas.  Hasta ahora no me había dado cuenta de lo complejas que podían ser para una persona nueva.  Digamos que mis amigos se conocen entre sí, y manejo diferentes grupos, unos son más cercanos que otros, por supuesto, pero todos son muy queridos.  La buena vibra, el ingenio y el pasarlo bien nos unen y nos han unido por bastante tiempo ya.  Pensé que incorporar gente nueva iba a ser fácil.  Parece que me equivoqué.

Así que las cosas continuaron de esta manera, presenté a Chuck en "sociedad", llegó a un par de fiestas y actividades, de alguna manera me di cuenta que él se me estaba haciendo cansón y majadero, así que lo empecé a dejar un poco más "suelto" como para que interactuara con los demás, me fastidiara menos y encontrara su lugar en el grupo.

Nada salió como había planeado.  Mi pareja, Jorge, con todo y que tiene paciencia de santo quería estrangular a Chuck el día de mi cumpleaños cuando rebotaba y rebotaba a la par de él y no lo dejaba hacer nada.  A cada rato veía a Chuck conversando con otra gente y me dio la impresión que solo se enfocaba en lo inteligente y perceptivo que él era…  definitivamente no la mejor manera de iniciar una relación.

En un principio pensé que Chuck se iba a hacer muy amigo de Kay (una de mis mejores amigas).  Se lo comenté a ella y trató de buscar el punto de encuentro.  Kike, el esposo de Kay, tuvo desamor a primera vista con Chuck, pero tampoco dijo nada como para no arruinarle la fiesta a Kay (sí, nuestras parejas deberían ser más comunicativas en este tipo de cosas, así nos ahorrarían muchos dolores de cabeza después).  Y digamos que Kay y Chuck lo intentaron.  Creo que Kay lo hizo más que todo porque yo le había contado la historia de Chuck y también sintió un poquito de lástima, pero digamos que las cosas se dan o no se dan.  En este caso, las cosas definitivamente no funcionaron.

Un día cualquiera, Kay estaba posteando cosas que le gustan en Facebook, Chuck le dijo algo como "qué bonito" y ella le respondió algo como "ah, sí, deberíamos hacer eso algún día".  Y Chuck le respondió con un arrebato público donde le reclamó que ella tenía que dejar de disponer de su tiempo, que él era una persona ocupada y que no podía presionarlo tanto.  Obviamente que toda la buena intención de Kay se quebró.  Lo que siguió después fue bastante torpe.  Chuck la empezó a acosar por todo Facebook, comentando cuanta cosa ella ponía y comportándose como si fuera su amigo del alma.  Ella lo ignoró, lo ignoró y lo ignoró, hasta donde pudo.  No está de más decir que ella lo puso en "acceso restringido" cuando se hartó de verlo por todos lados.

La historia no terminó aquí, Chuck conoció a otro de mis amigos, llamémosle Don.  Digamos que Don es bastante mayor que Chuck, un hombre de mundo, muy divertido, con un amor profundo por las artes y el alcohol.  Es un encanto como amigo, pero como pareja es un tanto complicado porque no cree en las relaciones duraderas y le cuesta mucho entregarse emocionalmente.  La historia corta es que Chuck y Don tuvieron sexo.  No, no fue amor, fue como algo casual, al menos eso fue lo que me dijo Don cuando me contó la historia como si hubiera sido una pequeña maldad, sobre todo como para que no me fuera a enojar con él porque se había "aprovechado" de mi amigo.  Quede claro que enojarme con él está totalmente fuera de la ecuación.  Don es adorable.  El punto seguido fue que Chuck empezó a acosar a Don, también por el Facebook, con mensajes tiernos demasiado públicos y adueñándose de un lugar que aún no se había ganado.  El resultado para mí fue una profunda vergüenza ajena.  No sé qué pensará Don, creo que no sabe qué hacer porque no quiere quedar mal conmigo, y deben pensar que metió las patas…  En algún momento tendré que hablar con él, porque realmente a mí no me debe ninguna explicación.

Chuck, por su parte, no le ha contado a nadie que tuvo esta historia con Don, pero anda como perrito en celo orinando todos los rincones del Facebook.

Kay, Kike, Jorge y yo, que somos los más cercanos, hablamos mucho de esta situación y llegamos a la conclusión que las cosas con Chuck no iban a funcionar más, así que había que darle un alto en el camino.  Como es casi que lógico, cayó en mí la responsabilidad de hablar con él…

Eso fue lo que habíamos decidido ayer, pero parece que el Universo también tiene voto en esta situación.  Anoche Kay, Kike, Jorge y yo fuimos al cine.  Estábamos entrando en la sala de cine cuando oímos una voz nasal y juguetona que decía "holaaaaa"…  Todos volvimos a ver dónde venía esa voz irritante y de inmediato vimos a Chuck con su sonrisa torcida y los cuatro lo vimos con un gran gesto de WTF en la cara.  No hubo cortesía, no hubo educación, solo sorpresa; para el caso, una mala sorpresa.  "Vengan a sentarse aquí," nos dijo.  Él estaba con alguien más que no alcancé a determinar y había 3 asientos desocupados al lado de él.  "Ahí no cabemos," le respondí a puro instinto de supervivencia.  Claro, pude haberles dicho que se corrieran un asiento y entonces hubiéramos podido estar ahí, pero no lo hice.  Era obvio que no queríamos sentarnos ahí.  Avanzamos más por el salón y nos sentamos.  Nos dio risa nerviosa y después no volvimos a ver hacia atrás ni una sola vez para evitar cualquier contacto.  Al final de la película, Chuck ya se había ido antes que saliéramos…  Esta es la mejor definición de situación incómoda y tenía que hacer algo para evitar que se repitiera y se convirtiera en algo aún más desagradable.

***** 

Retomo este post porque finalmente tuve esta conversación con Chuck.  Fue incómodo, busqué la mejor forma de no lastimarlo, pero es imposible que alguien no se vaya a sentir mal si le dicen "ya no queremos ser tus amigos", pero pudo haber sido peor.

Una de mis conclusiones es que la lástima es un mal sentimiento y que difícilmente se traduce en amistad.  Mi segunda conclusión es que me precipité en presentárselo a todo mundo y no tuve suficiente visión; pero claro, estas son cosas que son difíciles de predecir.  Chuck se comporta como un niño y estaba esperando que lo tratáramos de esa manera, el problema es que no todos lo percibimos de esa manera.  Cuando quería ser tierno, resultaba irritante.  Cuando hacía pucheros hacía que uno arrugara la cara en vez de explotar en una nube de corazones.

Supongo que a la larga esta es una historia triste.  También supongo que mis amigos y yo formamos uno de esos temibles "cliques".  Y también es importante darse cuenta que uno no puede ser amigo de todo mundo solo porque sí.  Uno puede tener una relación cordial con todos, pero dar un paso más allá, no siempre funciona.